Jeanne Moreau, la mejor actriz del mundo

Por Revista Veintitres

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Ícono de la nouvelle vague, murió a los 89 años

Por Leonardo M. D'Espósito

A los 89 años falleció en París una de las mayores fi guras de la historia del cine, la actriz Jeanne Moreau. La lista de fi lmes en los que participó es de las que asombran a cualquiera. Sobre todo, fue uno de esos rostros que defi nieron el cine moderno gracias a la nouvelle vague. Alguna vez, el crítico francés Serge Daney escribió que lo más importante de ese movimiento fue haber cambiado los rostros del cine francés. La Moreau -con colegas como Jean-Paul Belmondo, Anna Karina, Jean-Pierre Léaud, Stéphane Audran, Jean-Claude Brialy o incluso Brigitte Bardot o Catherine Denueve- fue la avanzada de esa renovación.

El mundo la conoció, en realidad, gracias al éxito de Jules et Jim (1962), esa bella comedia dramática donde François Truffaut narraba la historia de amor entre dos amigos y una mujer en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial. Más allá de la energía con la que el joven Truffaut disponía de la cámara, es la actuación de Moreau la que atrae todas las miradas.

 

La Moreau nunca sobreactuaba: le bastaba la mirada para decirlo todo

Es, también, una de las primeras mujeres totalmente modernas del cine, una anomalía capaz de disfrazarse de hombre y de interpretar la libertad social y sexual sin sordidez. Era, de ese modo en el que operaba la nouvelle vague, también un retrato de la actriz. En esos años, fue también la protagonista de la primera obra maestra de Jacques Demy, La bahía de los ángeles, donde interpretaba a una mujer destruida por su adicción al juego, en una relación compleja con un hombre tímido.

Con Truffaut repitió más adelante en un fi lme que homenajea a Alfred Hitchcock, La novia vestía de negro, donde es una mujer a quien le han asesinado a su novio el día de la boda y que busca, uno por uno, a quienes cometieron el crimen para vengarse de ellos. Moreau allí casi prescindía de palabras; su secuencia con Charles Denner -que interpreta a un artista plástico-, vestida como Diana Cazadora, está entre lo mejor del director y del cine de las últimas décadas. Hay mucho más en una historia tan larga y compleja -por ejemplo, su breve matrimonio con el director de El Exorcista, el maestro William Friedkin-, pero algo que queda claro es que nunca se amilanó ante los riesgos. Se ve perfectamente en Las cosas por su nombre, de Bertrand Blier.

En esa película episódica sobre dos lúmpenes obsesionados por el sexo y el placer inmediato (gigantescos Patrick Dewaere y Gerard Depardieu), interpreta a una mujer que sale de la cárcel: los otros la levantan porque, imaginan, tanto tiempo de aislamiento la llevarán a querer mucho sexo.

Tras llevarla a cenar y pasar la noche con ella, se suicida con un tiro en su sexo. Más allá de lo que pueda ser “simbólico” en la secuencia (muy típica del cine de los ‘70), hay que ver cómo Moreau, casi sin hablar y en diez minutos perfectos, devora la película y se vuelve lo más recordado de una gran obra. Ese era su talento. No dejó de estar activa hasta 2015.

Su vida incluye viajes por todo el mundo, millones de cigarrillos y litros de alcohol, amantes (el director Tony Richardson abandonó a su mujer, Vanessa Redgrave, por ella, y su lista de affaires incluye a Truffaut, Louis Malle -que la dirigió en la clásica Ascensor para el cadalso-, Miles Davis -también el músico de Ascensor...-, Pierre Cardin y muchos más); fue amiga de intelectuales como Simone de Beauvoir, Jean Genet y Henry Miller -o de la actriz Sharon Stone, una relación muy próxima-, y tuvo una presencia constante en el escenario cinematográfi co.

En todos sus trabajos sorprende la falta de énfasis innecesario, la elegante manera de esquivar toda sobreactuación, la dicción perfecta de los textos cuando hacía falta hablar. Orson Welles, que la dirigió para la televisión en Una historia inmortal y la incluyó en El proceso y Campanadas de medianoche, dijo que era “la mejor actriz del mundo” y, visto cómo sus trabajos no pierden peso con el paso del tiempo, es muy probable que haya tenido razón, incluso si el gran Orson amaba exagerar. Hagámosle caso entonces: se fue la mejor.